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jueves, 1 de noviembre de 2007

...TOLERANCIA Y PERDÓN: Limpieza de Rencores y Odios

Se acercan las fechas de fin de año y el comienzo de otro, días para compartir y reencontrarnos, fechas propicias para sanar viejos rencores, para perdonar y expresar lo mejor de nosotros mismos. Un año nuevo de verdad, limpio de rencores y odios, aunque esta depuración del alma, la mente y el corazón la deberíamos hacer todos los días del año.

Todos nos sorprenderíamos al comprobar que son muchísimas las coincidencias que nos unen, que las cosas que nos separan. Como en todas las familias, todos pueden pensar distinto, pero la idea es resolver nuestras diferencias con respeto y mucha tolerancia. Nos reunimos porque deseamos estar juntos y porque queremos compartir cosas juntos, respetando a los demás y reconociendo que nadie tiene la razón en un ciento por ciento. Es muy difícil que una familia pueda sentirse bien cuando se reúne por obligación, no hay nada mejor que estar juntos con gusto. La Navidad y el Año Nuevo representan fechas importantes en nuestras vidas, son días propicios para la reflexión, el reencuentro y el perdón sincero, aunque hacerlo durante todo el año no estaría demás.

Perdonar con sinceridad es una experiencia muy saludable para el alma, nos ayuda a entendernos como seres humanos. Perdonar no significa olvidar o negar las cosas dolorosas que han ocurrido, sino al contrario, es comprender que todos podemos cometer errores. Perdonar es la poderosa afirmación de que las cosas malas no arruinarán nuestro presente, aun cuando hayan arruinado nuestro pasado. Hay tres componentes principales que motivan la creación de largos y dolorosos resentimientos:

* Tomar la ofensa en forma personal.

* Culpar al ofensor por nuestros sentimientos.

* Crear una historia de rencor.

Piense en alguna herida personal y se dará cuenta de cómo lo aflige ahora. Cierre los ojos y piense en aquel doloroso suceso por un momento. Cuando recuerde claramente lo ocurrido, piense o escriba brevemente un resumen sobre aquella experiencia que tanto le hizo daño. Cuente la historia de lo que pasó, en el papel o en sus pensamientos más íntimos. Analice en este momento lo que ocurre cuando piensa en eso, por ejemplo; ¿cuál es su pensamiento más recurrente al recordar ese suceso que tanto le afecta?, luego, tenga en cuenta cómo se siente y fíjese cómo reacciona su cuerpo al revivir el dolor de esa experiencia. Una vez que tenga sus respuestas, por favor responda a las siguientes preguntas:

1. ¿Piensa usted en esa dolorosa situación más de lo que piensa en las cosas buenas de la vida?

2. ¿Al pensar en ello siente incomodidad física o alteración emocional?

3. Cuando hace memoria sobre esa experiencia en particular, ¿lo hace con los mismos pensamientos?

4. ¿Se repite la historia una y mil veces en su cabeza?

Debe quedar claro que el rencor no es una señal de enfermedad mental. Sentirse herido o herida tampoco es un indicio de estupidez, debilidad o falta de autoestima. Sencillamente significa que usted no está preparado o preparada para afrontar las cosas de otra manera. Sentir dolor en el alma es algo totalmente normal pero difícil, y casi todos creamos rencores en algún momento de nuestras vidas. Sin embargo, el hecho de que sean comunes no significa que sean saludables. Por más preparación que se tenga para perdonar, hay momentos en que es útil -hasta necesario- sentirse molesto. Puede ser que algún límite personal haya sido violado; podemos hallarnos en peligro o haber sido maltratados. Aun así, las situaciones que exigen reaccionar con molestia son muy pocas. Reaccionar movidos por el dolor no ayuda en ningún sentido a solucionar el problema.

CEDER EL PODER

El error más grande que se comete bajo el efecto del rencor, es culpar de nuestra molestia a la persona que nos lastimó. Al culpar a otros por nuestros sentimientos, les cedemos el poder de controlar nuestras emociones. Seguramente ese poder será mal usado y seguiremos con la herida abierta. Es alarmante la cantidad de personas que le ceden poder a aquellos que no lo merecen. El hecho de sentirnos mal cada vez que pensamos en la persona que nos ha lastimado se vuelve una costumbre y nos hace sentir víctimas de alguien más poderoso. Responsabilizar a las personas por sus acciones no es lo mismo que culparlas por nuestros sentimientos.

APRENDER A SUPERAR LOS RENCORES

Las relaciones con los demás nos aportan muchos beneficios, pero también implican que puedan surgir conflictos y enfrentamientos. Sentimientos negativos como el rencor, el orgullo o la incapacidad de dar el primer paso son los culpables de que la reconciliación pueda no llegar a producirse. Relacionarnos con los demás y contar con su apoyo es algo que ayuda a nuestro equilibrio emocional. Esto contribuye a que estemos cómodos con nuestro entorno familiar y social.

La amistad supone compartir, conocer y participar en la vida del otro, hacerle partícipe y cómplice de nuestra vida en las buenas y en las malas. Todo esto se hace de forma mutua y desinteresada. Cuando una relación atraviesa por momentos difíciles, se crean momentos de crisis que ponen en peligro la estabilidad de la misma. Sin embargo, también es cierto que una vez superadas consiguen reforzar la amistad y crear un vínculo más fuerte, que nos va a ayudar a comprender mejor a la otra persona.

¿CUÁLES SON LOS ENEMIGOS DEL PERDÓN?

La incapacidad de perdonar implica cierta rigidez emocional y un desconocimiento de uno mismo. Los dos principales enemigos son el orgullo y la incomprensión:

La persona orgullosa es exigente con todos los que le rodean excepto consigo misma. Es incapaz de ceder y se disgusta con cualquiera que le contradiga o critique. Ante cualquier enfrentamiento con los demás, el orgullo le lleva a pensar que deben ser siempre los demás los que tienen que dar el primer paso. Por este motivo, muchas personas viven durante años enfrentadas o sin hablarse, algunas familias dejan de mantener el contacto, se pierden amistades, se dejan escapar oportunidades de fortalecer nuevas relaciones, etc.

La incomprensión está relacionada con la dificultad o incapacidad de ponernos en la piel del otro, de no pararnos a pensar lo que puede estar sintiendo la otra persona. Esto nos convierte en personas intolerantes, incapaces de ver las cosas desde el punto de vista de los demás. Hay que evitar actitudes como hacerse la víctima, culpar siempre al otro, no reconocer que nosotros tenemos parte de la culpa, creer que siempre tenemos la razón o poner excusas que justifiquen nuestra forma de proceder o actitudes de desconfianza. No olvides que ante un resentimiento guardado, cuanto antes lo abordes, más fácil será acabar con el.

CUALIDADES QUE AYUDAN A LA RECONCILIACIÓN

Es cierto que resolver diferencias no es algo que dependa de uno mismo o de tener una buena predisposición para propiciar el acercamiento, ya que el otro puede decidir no querer vernos y no dejarnos ninguna opción. En cualquier caso, de nosotros depende hacer todo lo posible por recuperar la amistad y hacer que la reconciliación se produzca. Intenta ser tú quien dé el primer paso para arreglar la situación. No lo veas como una derrota sino como un acto de valentía. Es muy importante desarrollar la capacidad de raciocinio y análisis, aprender a ser objetivos y críticos con nosotros mismos, exigirnos y ser sensatos a la hora de buscar soluciones e implicarnos en la resolución de nuestros problemas, intentando evitar esa actitud tan extendida de que sean los otros los que den el primer paso y nos faciliten el acercamiento. Ante esto, es aconsejable acudir al motivo del enfado y tratar de desvelar realmente el porqué y el alcance de tal dolor. Para ello, es muy importante tomar distancia y ver aquello que nos preocupa desde una perspectiva clara y objetiva. Después habría que propiciar un acercamiento con la otra persona y procurar que perciba cuánto te importa, que quieres aclarar lo ocurrido y que para ti la relación es muy importante. Escucha al otro con la mente abierta, sin prejuicios y con interés.

Intenta desarrollar la capacidad de confiar en los demás y de aprender a reparar en sus cualidades, ser menos exigente, disculpar sus errores, aceptarlos como son y no como nos gustaría que fueran.

En el caso de ser nosotros los ofendidos, para aprender a perdonar hay que aceptar el dolor que nos ha producido la ofensa y reconocer que nos han lastimado.

Cuando nos ofrezcan disculpas, es muy importante no poner condiciones, y conceder el perdón sin pedir nada a cambio, perdonar es un regalo y no un favor que en un futuro nos tengan que devolver.

Olvidar la venganza porque nunca tiene un buen final. Nunca hay ganadores sino todo lo contrario, sólo perdedores. No se trata de buscar culpables, sino de buscar soluciones e intentar mejorar la calidad de nuestras relaciones con los demás.

Quienes llegan a reconocer el porqué de su situación y están dispuestos a perdonar o reconocer que tienen que ser perdonados alcanzarán paz y serenidad interior.

Perdonar es una experiencia que provoca que nos sintamos mucho mejor con nosotros mismos, pues nos ayuda a dejar de recordar cosas negativas que nos entristecen y retardan nuestro crecimiento personal.

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